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El señor que se despeina para combatir el tiempo

Nuestro hombre, no parece un hombre. Es un señor que se maquilla como si no tuviera espejo y su cabello parece la secuela de un electroshock. En sus fotos tiene un semblante pesimista, como si viviera en un aparente estado de tristeza continua, viste de negro, sonríe poco y cuando lo hace transmite más consternación que alegría. Su sonrisa es un gesto irónico del tipo ¿Vale la pena reír por algo? Es un freak y su trabajo es alterarnos. Lo hemos escuchado en sus canciones. Esa voz felina, acompañada por maullidos de guitarra, y un teclado zombie: llevan el mensaje de noches que terminan mal, chicas que te abandonan y otras razones para estar triste. Claro, están Friday I’m in love y Close to me y Just like heaven, pero son tan románticas, que también son tristes. Promesas de un amor eterno que se acaba al terminar la fiesta, de fines de semana que pasan demasiado rápido y finales terroríficos de películas románticas. Sólo un tonto puede creer en eso.

Él es ese tonto.

Porque cuando Mr. Smith deja el escenario o la sala de grabación vuelve a casa con Mary, su esposa con la que lleva casado desde los dieciocho. Vivir con la musa de Lovesong, convierte a esta estrella del pop que da conciertos de tres horas, en un adulto que se niega a colocarse gafas para manejar porque no son cool. Entonces, ese señor que no parece señor, se ríe sin ironía de todo lo que creímos sobre él. Se viste de negro porque le parece un buen color para reducir tallas (y él no se está haciendo más joven). Se despeina porque su pelo es indomable. Además a su esposa no le gusta cuando lo tiene demasiado corto, pues parece un tipo que podría asaltar una tienda.

Smith ha declarado que empezó con el maquillaje y los cabellos parados para disimular el miedo que sentía sobre el escenario. Todos se fijarían en la valentía de usar un estallido como peinado, y no en qué estás tan aterrado que ni siquiera te mueves por el escenario. Los peinados escandalosos son la provocación de los tímidos, pues dicen todo sin tener que decir nada. Pero lo que empezó siendo un escudo se convirtió en estilo. Con el tiempo continuó sin moverse del escenario porque las coreografías distraen y lo suyo es hacer que te creas los alaridos que salen de sus pulmones. Mientras otros vocalistas mutan de disco en disco, pareciera que su reto es ver hasta dónde puede llegar sin cambiar.

Sin embargo, ser “ese” Robert Smith de The Cure durante décadas es un problema. Empieza con seguir su regla de que un adulto responsable no puede cantar sus canciones con credibilidad. Es decir la bohemia que lo aleja de casa, puede estar en pausa, pero nunca terminar. Luego está la cláusula Bowie: cuando aún se aburría en la escuela, gastó todos sus ahorros en uno de sus conciertos, sólo para verlo retirarse a las diez canciones. Diez. Smith quiere que cada concierto la audiencia piense, «Mierda, quiero estar en The Cure». Por lo que si vas a recorrer el mundo gracias a tus fans, tus conciertos deben ser tan extensos como para acalambrar a tu audiencia. «Bowie me enseñó a nunca desestimar cuánto significas para la gente que ha venido a verte».

El otro problema es más sencillo pero igual de extenuante. Smith no tiene managers. Es decir, él separa hoteles. Se asegura de que el equipo llegue. Cierra contratos. Es un maniático del control, lo que lo obliga a ser su propio agente. Y, bueno, está el asunto de que no sabe hacer otra cosa. Robert Smith fue puntero izquierdo en un equipo amateur de fútbol en Blackpool, Inglaterra, durante un verano. Cartero por una semana y jardinero por otra: el resto de sus seis décadas de vida lo dedicó a The Cure, la banda que hizo de la angustia juvenil algo digno de bailar un viernes por la noche. Por eso después de cada gira o disco anuncia que será el último. Incluso si fue muy exitoso: Smith cuenta que el año de Wish, el disco con el que llegó al número uno en Estado Unidos, fue el año más miserable de su vida. El éxito también puede ser tan deprimente.

El decano de la tristeza pop suele ser un tipo feliz cuando vive como un mortal.

–Pero ya sabes –dijo en una entrevista– cuando las hojas empiecen a caer de los árboles, puede que piense de forma diferente.

Sabe que continuar con The Cure demuestra una falta de imaginación, pero también que está contento con el trabajo de hacernos sentir felizmente tristes. “Hacer planes es una pérdida de tiempo, pocas veces se llevan a cabo y cuando se hacen no son como se planearon”, afirmó escéptico. Para él lo mejor es dejarse llevar. Ser una hoja contra el viento. Quizás todo acabe bien

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