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El señor que se despeina para combatir el tiempo

Nuestro hombre, no parece un hombre. Es un señor que se maquilla como si no tuviera espejo y su cabello parece la secuela de un electroshock. En sus fotos tiene un semblante pesimista, como si viviera en un aparente estado de tristeza continua, viste de negro, sonríe poco y cuando lo hace transmite más consternación que alegría. Su sonrisa es un gesto irónico del tipo ¿Vale la pena reír por algo? Es un freak y su trabajo es alterarnos. Lo hemos escuchado en sus canciones. Esa voz felina, acompañada por maullidos de guitarra, y un teclado zombie: llevan el mensaje de noches que terminan mal, chicas que te abandonan y otras razones para estar triste.

Claro, están Friday I’m in love y Close to me y Just like heaven, pero son tan románticas, que también son tristes. Promesas de un amor eterno que se acaba al terminar la fiesta, de fines de semana que pasan demasiado rápido y finales terroríficos de películas románticas. Sólo un tonto puede creer en eso. Él es ese tonto.

Robert Smith 1989. Foto de Tom Seehan en Pictures of You Book

Porque cuando Mr. Smith deja el escenario o la sala de grabación vuelve a casa con Mary, su esposa con la que lleva casado desde los dieciocho. Vivir con la musa de Lovesong, convierte a esta estrella del pop que da conciertos de tres horas, en un adulto que se niega a colocarse gafas para manejar porque no son cool. Entonces, ese señor que no parece señor, se ríe sin ironía de todo lo que creímos sobre él. Se viste de negro porque le parece un buen color para reducir tallas (y él no se está haciendo más joven). Se despeina porque su pelo es indomable. Además a su esposa no le gusta cuando lo tiene demasiado corto, pues parece un tipo que podría asaltar una tienda.

Smith ha declarado que empezó con el maquillaje y los cabellos parados para disimular el miedo que sentía sobre el escenario. Todos se fijarían en la valentía de usar un estallido como peinado, y no en qué estás tan aterrado que ni siquiera te mueves por el escenario. Para un tímido un peinado escandaloso lo dice todo sin tener que decir nada. Lo que empezó siendo un escudo se convirtió en estilo. Con el tiempo continuó sin moverse del escenario porque las coreografías distraen y lo suyo es hacer que te creas los alaridos que salen de sus pulmones. Mientras otros vocalistas mutan de disco en disco, pareciera que su reto es ver hasta dónde puede llegar sin cambiar.

Sucede que los que escogen no ceder el control, no tienen tiempo para reinventarse. Smith no tiene managers: él separa hoteles, se asegura de que el equipo llegue, cierra contratos. Mientras otros artistas luchan por mantenerse libres del trabajo de la música, el no concibe que otros decidan cuanto debe cobrar por sus tickets. Ser por décadas “ese” Robert Smith de The Cure es un problema de honestidad, un adulto convencional no puede cantar con credibilidad sus canciones. Es decir la bohemia de los cabellos parados que lo aleja de casa, puede pausar, pero jamás quedarse en silencio.

Cuando aún se aburría en la escuela, gastó todos sus ahorros para ver a David Bowie, sólo para verlo retirarse a las diez canciones. Diez. Smith quiere que cada concierto la audiencia piense, «Mierda, quiero estar en The Cure». Si gracias a tus fans vas a recorrer el mundo, tus conciertos deben ser tan extensos como para acalambrar a tu audiencia, «Bowie me enseñó a nunca desestimar cuánto significas para la gente que ha venido a verte», hacer que cada encuentro sea tan intenso que nadie se moleste en esperar años para volverse a ver.

Robert Smith fue puntero izquierdo en un equipo amateur de fútbol en Blackpool, Inglaterra, durante un verano. Cartero por una semana y jardinero por otra: el resto de sus seis décadas de vida ha sido The Cure, la banda que nos hizo sentir que la angustia es algo que puedes bailar un viernes por la noche.

Aunque luego de cada gira o disco anuncia que será la último, incluso si fue muy exitoso. Es conocido que para Smith el año de Wish—el disco con el que llegó al número uno en Estado Unidos—fue el más miserable de su vida. Tener éxito puede llegar a ser tan deprimente que te fuerze a dejar lo único que te gusta hacer.

—Pero ya sabes —se contradijo en otra entrevista— cuando las hojas empiecen a caer de los árboles, puede que piense de forma diferente. Sabe que continuar con The Cure demuestra una falta de imaginación, pero también que está contento con el trabajo de hacernos saltar por horas. «Hacer planes es una pérdida de tiempo, pocas veces se llevan a cabo y cuando se hacen no son como se planearon», afirmó escéptico. Para él lo mejor es dejarse llevar. Ser una hoja contra el viento. Quizás todo acabe bien.

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