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Un escritor en el reverso del mundo

Apuntes para una teoría del Villorismo

El nobel mexicano Octavio Paz definió la distracción como una atracción hacia el reverso del mundo. El distraído Juan Villoro se ha convertido en un residente de lo inadvertido, de lo que nadie ve a pesar de estar en vista de todos. Sus columnas de los viernes en el diario Reforma son un ejercicio para hablar sobre una cosa para hablar de otra. Se pregunta sobre la necesidad de echarnos una mirada en el espejo de los ascensores para hablar de utilidad social de la vanidad. Describe la irrupción de su tos en un recital para defender la libertad de expresión de las carrasperas. Anuncia que la ironía de llamar a alguien caballero señala el fin de la cortesía.

Villoro no es otro intelectual que vive de espaldas de la realidad, al contrario, ha dedicado las últimas décadas a revelar sus paradojas. Conseguir que cada viernes un lector acostumbrado a revisar su celular más de 150 veces al día, le preste atención a una idea que parece disparatada, reafirma la salud de un estilo que no podrá ser superado por ninguna inteligencia artificial. Quizás el origen de esa atracción por el reverso de la cosas se encuentre en su crónica sobre la provincia de Yucatán “Palmeras de la Brisa Rápida” (1989), donde describe como descubrió la extraordinaria cualidad del lenguaje para mejorar la realidad.

Juan Villoro

En la historia recuerda a su abuela, una mujer de esa región Maya llamada Estela Milán. Ella le contaba tramas de películas que sólo existían en su memoria. Anécdotas donde los buenos sólo podían ser pobres. Era tan dramática que podía hasta fabricar unas lágrimas para añadir emoción a sus relatos. Es decir, con su imaginación convertía en drama sus recuerdos. Villoro la recuerda aprovechando cualquier oportunidad para que la vida de su casa “se volviera interesante, es decir sospechosa”.

El nieto de Estela Milán ha llevado esta práctica más allá de esa casa en Yucatán. Después de perder la visión en uno de sus ojos en Madrid, publicó una novela sobre el tráfico de córneas en México. Cuando sobrevivió a un terremoto en el séptimo piso de un hotel chileno, propuso una crónica sobre el horror de un 8.8 en la escala de Richter. Al recorrer Seúl, escribió una breve historia de la prisa en Corea del Sur. Es como si aprovechara cualquier oportunidad para que la vida se volviera interesante, es decir sospechosa.

Un hombre multiplicado

Villoro recurre a la escritura con la misma motivación con la que un lector abre un libro: para imaginar otras vidas. Ha publicado una novela juvenil sobre un libro salvaje que se niega a ser leído, una crónica sobre el amor a la mexicana al chile , y un homenaje a los asnos porque “en un país sin rumbo nada mejor que celebrar a un animal que sabe a dónde va”. Haciendo difícil la tarea de clasificarlo sin tener que recurrir a una lista. Novelista, dramaturgo, hincha del Barcelona, cuentista, autor de libros para niños, conductor televisivo, fan del Necaxa, comentarista deportivo, ensayista y cronista.  “No sé si la dispersión me haga versátil, pero por lo menos me hace más difícil repetirme” reflexionó sobre su evasiva a especializarse en una entrevista para Letras Libres. Como uno de los personajes del Libro Salvaje indica: “Nada es tan aburrido como saber mucho de tan poco”.

Aunque dejar de escribir para hablar sobre la escritura sea una de las paradojas más comunes para un autor, él se ha encargado de asumir el reto con destreza. Sus continuas apariciones en los eventos culturales mexicanos ya son comparadas con las del fallecido intelectual Carlos Monsiváis. No sólo en frecuencia sino en ese intento de romper el molde de lo que la sociedad acepta como cultura.

Ambos escritores comprendieron que la literatura no sólo debería estar en las bibliotecas o librerías. En una de sus últimas excursiones, Villoro leyó sobre un escenario sus cuentos de “Tiempo transcurrido”, una colección de relatos publicado en los ochenta, con una banda de rock completa que convirtió sus relatos, en canciones habladas. El libro fue re editado y mereció una gira musical en vez de sólo una presentación. “Para fortuna de los asistentes hasta la fecha, no he cantado nada”, admitió con la humildad de un adolescente que eligió los libros en vez de una fender telecaster. Durante la presentación del libro Joselo Rangel, bajista de Café Tacvba, declaró que “Villoro no formó su banda de rock, pero nos dio sus cuentos como un mapa”. Si su trabajo periodístico es explicar el reverso del mundo, su ficción alimenta la imaginación de una comunidad.

Un thriller en vacaciones

La ciencia ficción ha predicho que en el futuro podremos descargar nuestros recuerdos en pequeñas memorias digitales. El gran riesgo de hacerlo es que alguien pueda hackear nuestro recuerdos y modificarlos. Para Villoro ese temor es más real debido a que los humanos venimos modificando nuestro recuerdos desde milenios a partir de la conversación.  En una entrevista para Radio Netherlands, aseguró que no existe mejor tecnología para crear o mejorar recuerdos. El problema que define al protagonista de la novela Tony Góngora es justamente que no sabe qué ha pasado con su vida. Es un músico de rock en decadencia, que debe trabajar como sonorizador de acuarios en un hotel diseñado para turistas extremos, aquellos que prefieren los safaris acuáticos al spa. Descubrir el misterio que envuelve una muerte imprevista de uno de los buzos es el hecho que motiva a Góngora a salir de sí mismo.

En Arrecife el centro vacacional de la Ribera Maya, en el Caribe mexicano, llamado La Pirámide es tanto escenario como una metáfora de México. Un lugar diseñado para turistas, donde los trabajadores viven en pueblos estériles. El empleo del protagonista no es más que una excusa para romper con sus adicciones, su consumo de droga ha empezado a quitarle trozos de su memoria. Su amigo y antiguo compañero de banda Mario Müller, convertido en gerente del hotel, es quién le ayuda a completar su propia biografía. Conforme avanza la novela Góngora se descubre capaz de volver a sentir felicidad a partir de una relación con una profesora de yoga. Lo que parece una historia de redención, pronto se transforma en thriller cuando Góngora empieza a sospechar que su amigo le esta contando una historia que no es la suya.

La deuda de la literatura con la lluvia

El libro de cuentos que se publicará para la Feria Internacional del Libro (FIL) de este año, Apocalipsis (todo incluido), es su séptima colección. El cuento es uno de los pocos géneros a los que ha vuelto con regularidad. Quizás por la misma razón por la que el escritor Augusto Monterroso, cada vez que un tallerista le contaba que estaba trabajando en una novela, respondía “¡Ah, te estás entrenando para escribir cuentos”.

Las historias de Apocalipsis (todo incluido) poco tienen que ver con la invasión zombie, la erupción volcánica o el calentamiento global. Publicado originalmente el 2012, la fecha en que los Mayas aseguraron el fin del mundo, el cuento que da nombre al título del libro nos cuenta la historia de un guía turístico envuelto en un congreso que busca determinar si ese año se acabaría el mundo. En sus últimos ejercicios literarios los personajes, las tramas y el contexto pueden ser distantes, pero comparten el espíritu de la ley de Murphy, si algo malo tiene que pasar, pasará. En una época turbulenta, estos apocalipsis cotidianos nos dan la sensación de no estar solos cuando el mundo parece que se nos acaba. Como cuando te invitan a hacer algo por primera vez a los cincuenta años.

Juan Villoro ha dicho que nunca se sintió más viejo que a los treinta, pero durante una entrevista para la revista Gatopardo en el 2013 aseguró que su tercera edad será dramática o no será. En su sexta década de vida, todavía quiere escribir novelas, pero el teatro va ganando espacio en su agenda de futuros proyectos. Saltar a las tablas en cierta forma fue su introducción a la escritura, a los catorce llegó a montar Crisol una obra inspirada en las de Alejandro Jodorowski; pero cuando recibió una invitación para escribir una obra a los cincuenta años, se volvió a enamorar del género.

Aunque su primer intento de escritura fuera una obra de teatro a los ocho años, para Villoro “fue muy estimulante llegar al género a esa edad y ser un principiante absoluto”.  Desde entonces se han puesto en escena más de una docena de obras entre España, México, Bolivia, Chile y Argentina. A propósito de esta incursión, en una entrevista en el diario argentino La Nación, le preguntaron: si la crónica es literatura bajo presión, entonces  ¿el teatro es literatura con personas?

—Con personas y con toses del público. La variante más viva de la palabra— replicó Villoro. Sentir en vivo la reacción de las personas hacia sus historias, es una satisfacción más viva e inmediata que esperar  la próxima firma de libros. Un escritor puede tener éxito de ventas o presentarse en un evento diferente cada mes, sin embargo sentir el efecto inmediato de sus palabras ha probado ser una experiencia adictiva. De entre sus obras, la más popular es “Conferencia sobre la Lluvia”, que ha llegado a ponerse en escena hasta cien veces en México. En tiempos de Broadway, la obra consigue que el público le preste atención a un bibliotecario que habla solo, cuya coreografía es tomar un vaso de agua, y con una mesa como toda escenografía. El monólogo empieza con el personaje principal constatando que ha perdido los papeles de su conferencia, minutos antes de empezar, y decide improvisar para hablar de su colección de chubascos literarios. La lluvia como excusa o motivo, como escenografía o protagonista, como héroe o villano. Demostrando que la literatura tiene una cuenta pendiente con las nubes oscuras.

Novelas de una línea

Sus dos libros de ensayos librescos, Efectos Personales y De eso se trata,  nos presentan a sus autores favoritos convertidos en personajes literarios. El autor de Lolita, Vladimir Nabokov utiliza la escritura como una máquina de tiempo. Al autor de Bajo el Volcán,  Malcolm Lowry, nos los presenta como un hombre tan convencido de que el arte es un padecimiento, que se pasó veinte años entre borracheras y resacas.

Pero el más relevante personaje literario que nos presenta Villoro es Georg Christoph Lichtenberg. Su prólogo y traducción de 1989, darían forma a su primera edición en español de sus Aforismos, publicado dos siglos atrás. Su extenso prefacio es un perfil bibliográfico donde nos muestra el genio del autor alemán quien convirtió a la brevedad en una forma superior de ingenio: "la tendencia humana de interesarse en minucias ha conducido a grandes cosas". Un maestro moderno que afirmaba que "lo que siempre me ha gustado en el hombre es que, siendo capaz de construir Louvre, pirámides eternas y basílicas de San Pedro, pueda contemplar fascinado la celdilla de un panal de abejas, la concha de un caracol...".

Además de ser uno de los primeros en hacernos sonreír con esos chistes que apelan a nuestro poder de atención: “¿ha pescado usted algo? Nada más que un río”. Los Aforismos de Lichtenberg son más que la recopilación de sus frases sueltas, su forma de ver lo que lo rodeaba, tiene un impacto visible en la escritura de su traductor. Como destaca Enrique Vilas Matas “la brillante prosa de Villoro está sembrada de relampagueantes frases aforísticas que puntúan sus textos a modo de inspirados latigazos”.

En las redes sociales hay un grupo de fans dispuesto a sufrir esos inspirados latigazos, “Los testigos de Villoro” son una comunidad en Facebook que se mantiene al tanto no sólo de las apariciones del autor, sino también de sus fijaciones: en abril pasado celebraron el cumpleaños de Nabokov, con un texto de su pastor. Aunque aún no invitan a la discusión literaria, su devoción es clara, tienen como portada una ilustración de su escritor favorito como un santo, sosteniendo un ejemplar de El Testigo. Pero es en Twitter donde encuentra su mayor audiencia, con más de 300 mil seguidores. A pesar de que hace unos años la cuenta es tan sólo un repositorio de sus eventos y publicaciones, durante el 2011 hasta el 2013 existió la esperanza en ese moderno viejo oeste.

A falta de una mejor palabra, su cuenta de twitter publicaba villorismos. Hasta cuatro al día. En sólo su primer mes nos puso a buscar nuestro doble digital: “mi nombre ya estaba tomado en Twitter: ¿un pariente?, ¿un replicante? Con la filosofía te conoces a ti mismo; en la red conoces a tu doble”. Dio un consejo para enfrentarse a los corruptos y al mal tráfico: “en tiempos de crisis no hay nada más rebelde que sentirse bien.”. Justificó la brevedad de los 140 caracteres: “los tuits duran más en la mente que en los ojos: lo breve tiene una larga historia”.

No es casualidad que El bibliotecario de Conferencia sobre la lluvia comparte un rasgo que acompaña a Villoro en sus diferentes facetas: coleccionan citas. Su selección frases tienen en común la brevedad con la que consiguen desengañarnos. Sobre la importancia de escuchar al otro: “Moriré el día en que no me interese escuchar a alguien hablando de sí mismo” (Elías Canetti);  sobre el valor de seguir pensando como un niño: “Tenemos de genios lo que conservamos de niños” (Charles Baudelaire); sobre la verdad de las personas felices: “Jamás consideres feliz a nadie que dependa de la felicidad” (Séneca). Autores clásicos y contemporáneos aparecen en sus textos para corroborar una idea o proponer un punto de vista distinto.

Apoyarse en la sabiduría de otros, pocas veces tiene un efecto menos arrogante y tan didáctico. Cuando nos presenta a autores que acumulan polvo en los anaqueles, la palabra cita adquiere su acepción más romántica. Se trata de tener un plan con alguien, aunque sea de un autor nacido dos siglos atrás. Una cita a ciegas arreglada por un amigo del otro lado de la página. Si todo sale bien el siguiente paso será conocerse más, pasar las páginas de los días, ver en donde termina esta aventura.